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Hace mucho que es profanación contarlo, escritores de un
estilo aterrador, para el yo de ese entonces, me invitaron a sacarle
punta a mis epígrafes. Lo que más me asombraba de ellos es que
eran demasiado humanos, demasiado de este mundo, no vivían los oropeles
de Rubén Darío o los enamoramientos suicidas de Medardo Ángel Silva
(que tanto veneré), sus voces eran de denuncia y de ternuras
complicadas. Alfonso Chávez el patriarca indiscutible del proceso,
había consolidado en la Casa de la Cultura el espacio, para que un
engendro de seres siniestros se esparzan en la tierra de los Puruhaes,
como chuquiraguas en el páramo.
Alfonso murió en la edad exacta
para vivir en nosotros más que su vida, para ser el mito que aglutinaba
a un “Sacapuntas” en la hebra tormentosa del poema. Alfonso fue la
maldición, que aún ahora titila entre campanas. Marco Pino se tomó a
pecho las angustias de morder el chuchaqui vacío sin el hermano,
cantares sin poeta que se esparcen en un espacio de casas derrumbadas.
Nos hizo dudar, se había quedado el alma del poeta entre nosotros…?.
Tanta fue la angustia de Marco que hace poco decidió migrar de la
materialidad a los éteres profundos. Junto a Guillermo, Franklin,
Paúl, Marco, Carmita, Jorge, Lenín, Luis, Mariana, Rubén, Mauricio,
Lolita, y Diego se me fue saliendo el diablo de la carne, yo no era más
el niño enamorado de fantasmas. Algo vivo dentro de mí proclamaba
mi enraizamiento con los elementos. De ahí la certeza de que la poesía
esta en todo y no es formula trucada para que suenen las palabras.
Después de eso, ella, la palabra esta en mí, en mis miedos, en mis
amores y desamores de los que se alimenta. Me asombra estar
garabateando una historia, mi historia al haberme atrevido a cruzar la
cuerda floja para entregar a ustedes este libro que agrupa textos sin
esquema cronológico, sin secuencia mínima de orden, como los
he ido recuperando de papeles sueltos y revistas; presento estos
relatos, crónicas, poemas y sueños que hablan de cada uno de nosotros;
que nacen con miedo, con la angustia de todo niño que no sabe que
estrella les va a guiar en la vida. Ellos, mis hijos, no sé si van a
morir en el intento de sobrevivirme; de ser el punto efímero de luz de
una relativa vida en el inquebrantable olvido del tiempo, han sido
escritos para escapar de la certezas, para ser el imaginario colectivo
de seres que aún no se gestan, el referente de una época de frustración
y esperanza. Ellos son el circo de mis niños tristes. No
quise que sean bautizados con la voz impersonal de la crítica. Me
atrevo a oficiar en la liturgia de su vida. Es por ello esta
plegaria, sendero indispensable para romper las maldiciones y
aventurarnos a garabatear la noche entre estas páginas de paganas
mujeres que nos invitan a morir en cada canto de sus labios. Mujeres para morir es el nombre y apellido de esta voluntad que comparto con la Anatomía del Silencio
de Jorge Patarón Herrera, profeta demente del tiempo no inventado,
renegado de la palabra que se rió de mis primeros versos con malicia y
hoy después de catorce años se atreve a compartir conmigo más que el
papel. Sé de mi poesía, de los bufones que la odian de los
creyentes que la rezan. Pero de estas historias que les
presento no sé, sabré mañana cuando sangre la crítica o germinen entre
los trigos, sean molidas y se reciclen en pan. Gabriel Cisneros Abedrabbo |
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